Aunque no lo quiera, la muerte me persigue (I)

16 febrero, 2020 Desactivado Por Anna Val

 

Pensé, en salir apresuradamente de aquella buhardilla. Sus paredes me observaban insistentemente. La minúscula ventana se reía, ¡la muy cínica!

Aquellas láminas amontonadas, invadiendo el reducido espacio, ¡parecían querer asesinarme!

Los dibujos, aquellos que durante años pinté, se habían vuelto amenazadores. ¡Clamaban venganza!, venganza hacia la artista que un día los pintó. ¿Por qué?, parecían preguntar…

¡¡Para llevar una recluida existencia en una maldita buhardilla!! También ellos eran presos del ahogado espacio. Espacio siniestro y sin oxígeno. No podía mirarles…, su odio hacia mí, era escalofriante.

¡Tuve que salir precipitadamente si quería salvar de inmediato mi vida!

Baje apresuradamente la polvorienta escalera. Al descender por la segunda planta, me sentí observada.

Con gran disimulo, dirigí mi mirada hacia la puerta del apartamento, controlando mi aterrador estado.

Oí una respiración. Entonces percibí, que la puerta del segundo primera, estaba algo entreabierta.

Vislumbré que era observada por aquel loco viejo, aquel viejo poeta de procedencia dudosa.

Pero eso, ¿a quién le importa? Ni siquiera le importaba a él.

Mi velocidad de descenso fue máxima, y ya por fin, en la calle, como si de un acto heroico se tratara, quede horrorizada al comprobar que un gran gentío de esencia vampiresa, poblaba la pedregosa acera, ¡proponiéndose no dejarme avanzar! Caminaba con gran dificultad entre aquellos seres.

Giré la cabeza en un acto instintivo, y visualicé a lo lejos, una vieja que me miraba fijamente. Y además muy seria. Era una vieja repugnante. Menuda, muy menuda. Vestía de negro, con un pañuelo en la cabeza del cual sobresalían unos escasos pelos blancos.

Sus labios mostraban una aterradora sonrisa. Decoraba su fea cara, una ligera barba. Los ojos pequeños, fijos, estáticos y azules. Muy azules. ¡Me paralizaron!

En aquel instante se santiguó. Corrí. Corrí y corrí mucho. Me dirigí al callejón y entré bruscamente en el «Pipols Bar». Estaba inundado de gente ensordecedora, parecían cuerpos sin control. Cuerpos bebedores que se magreaban unos contra otros, emitiendo ruidosos gritos de placer.

Intenté acercarme a la barra del bar. El barman, Max, me miró y con una sonrisa cómplice me preguntó qué quería tomar.

Con gran esfuerzo vocal le respondí; -¡Nada!

Pero él, no me entendió.

Volvió a repetir la pregunta. Esta vez inclinando todo su cuerpo encima del mostrador. Dio la sensación, que quería darme un beso de amor. En ese instante giré la cabeza de izquierda a derecha con enorme sobreesfuerzo.

Acto seguido, me preguntó:

– ¿Qué te ocurre Odette?  – Yo, le susurre al oído: –

– Una vieja me persigue – Max arqueó sus cejas con la mirada fijada en la entrada del «Pipols Bar» -.

Me giré con mucha brusquedad. Vi con sumo espanto, otra vez, ¡a la cabrona de la vieja!

Continuará…


Anna Val.