Aunque no lo quiera, la muerte me persigue (III)

29 febrero, 2020 Desactivado Por Anna Val

 

– ¡No, me prostituye la vida! -le dije muy dignamente-.

– ¡Ah!, entonces mucho mejor -me respondió-.

En aquellos instantes, hubiese querido abalanzarme sobre ella y retorcerle el cuello.

– Entonces, ¿me harás un retrato? -Volvió a insistir-.

– Si usted es la Muerte, ¿para qué quiere un retrato? -Le dije nuevamente-.

– Para lavar mi imagen, sobre todo, para que los demás cambien el concepto que de mí tienen.

– ¿Qué concepto es ese? -Le dije sin entender nada-.

– Cruel, de maldad, de fealdad…, y yo, ¡me veo muy contraria a todos esos adjetivos! -Respondió ella, con una mirada apenada-.

– Entonces, según usted, ¿cómo es en realidad? -Sin pretenderlo, tuve la sensación de estar entrevistando a la propia Muerte-.

– Yo, me veo bondadosa, hermosa y acogedora. Libero el sufrimiento humano, entregando a los demás un cálido reposo y, por supuesto, con la mejor de mis sonrisas. -Me costaba digerir aquel vómito en forma de palabras de aquel ser repugnante-.

– Creo, querida señora, que usted se sobrevalora -le respondí con cara de asco-.

– Tal vez…, pero estoy segura que cuando mires en mi interior, tu opinión sobre mí será muy distinta -rotundamente, la vieja estaba loca de remate-.

– ¡No, no tengo intención! Puede irse usted tranquilamente a la mierda -le dije de manera ruidosa para que me oyera bien, pues a esas edades, ya se sabe, se ensordece y mucho-.

Me levanté pausadamente, y en aquel instante, al borracho le dio por hablar.

– Querida señora, yo la encuentro ¡bellísima! ¿Tardará mucho en tener un encuentro íntimo y eterno conmigo? Urge que me libere de tanto sufrimiento -le preguntó él de manera inesperada a la Muerte-.

– Pronto le amaré… ¡Cuándo la puta me haga el retrato! -Los dos, clavaron sus miradas en mi rostro, y entre gritos, el borracho me lanzó una rogatoria-.

– Estimada señorita, ¡hágale el jodido retrato y permita que la Muerte me ame con pasión! -ante la enérgica desesperación de aquel viejo loco, me marché sin más-.

No podía consentir que la Muerte y un borracho, me presionaran de manera diabólica en tomar una decisión.

A paso lento, intentaba avanzar por las estrechas calles. Parecía que aquel gentío nocturno daba una tregua y, parecía también, que la noche se apiadaba algo de mí, permitiéndome transitar sin molestar.

Continuará…


Anna Val.