Conversaciones con Adolfo (II)

14 enero, 2019 Desactivado Por Anna Val

La mañana del martes veinticuatro de abril, recibo en mi teléfono móvil unos mensajes de mi amigo Adolfo.

Los leo precipitadamente y con rapidez, no muy atenta, descifro que quiere compartir conmigo el encuentro literario que tuvo lugar el día anterior veintitrés de abril, Día de Sant Jordi, o como él lo describe: “celebración en el día del libro”.

Dicho encuentro, tuvo lugar en la localidad de Fuengirola. Y en esa ciudad y en aquel lugar, conoció al poeta Manuel Jabea.

Conocer al poeta le causó una profunda emoción que quiso compartir con los lectores de su blog literario.

Yo quería darle las gracias a Adolfo por hacerme participe, una vez más, de sus experiencias y emociones. Pero la tecnología me lo impidió.

La aplicación de mensajería de mi aparato telefónico quiso una vez más complicarme la existencia.

Cesé en el intento y le dejé vencer aquella absurda batalla.

Mi amigo Adolfo se merecía que le agradeciera de propia voz aquel bonito detalle. Le llamé.

Tras la emoción del saludo, le pregunté cómo había ido por Fuengirola, y quién era aquel poeta llamado Manuel Jabea, el cual había removido su particular mundo emocional.

Después de un prolongado silencio y con voz entrecortada, Adolfo me relató que aquel hombre de sesenta y nueve años, nacido en un pueblecito de la serranía de Málaga, era el reflejo de la autenticidad más pura y digna del ser humano.

Mantuvo con el poeta una profunda conversación, la cual, mi amigo con mucha generosidad, la hizo extensible a mi persona.

Manuel Jabea le contó, en la intimidad de una sala literaria, como el destino irrumpió en él a la edad de veintitrés años.

Su pasión por la poesía, hizo que Manuel escribiera y escribiese mucho.

Un día se planteó que estaría bien ver su poesía reflejada en un libro.

Corría el año 1978. Un año complicado para aquella España dormida, pero la cual, se resistía a seguir durmiendo.

De pronto recordó el joven poeta, que tenía un amigo el cual era dueño de una imprenta. Por las noches, su amigo editaba octavillas para el partido comunista.

La España dormida era muy clandestina.

El amigo del ilusionado poeta, aceptó con sumo agrado el encargo de editar aquel libro de poesía. Además, advirtió que la obra de Manuel era de gran calidad, a pesar de las faltas de ortografía. Con lo cual, algunas de las poesías no se incluyeron en el libro y simplemente quedaron plasmadas en unas octavillas. Hecho que Manuel desconocía.

Pasados unos días y, paseando el joven poeta por las calles de su localidad natal, advirtió extrañado que en el suelo aparecían tiradas unas octavillas, las cuales contenían algunas de sus poesías.

Al recogerlas, y mirándolas detenidamente, quedó perplejo al comprobar que en el reverso de dichos papeles estaba estampado el sello del partido comunista.

Regresó de inmediato a su casa.

Al día siguiente por la mañana, llamaron a la puerta de la casa familiar de Manuel Jabea.

Abrió su madre. La cual fue la encargada de decirle a su hijo que una mujer preguntaba por él.

Manuel fue al encuentro de aquella misteriosa dama que, al verla, todavía avivó mucho más el misterio ya que la dama en cuestión, era muy burguesa.

Amablemente, aquella mujer de refinados modales, le preguntó al poeta si aceptaría tomar una taza de té con ella, esa misma tarde en una cafetería.

El ilusionado joven de veintitrés años, quedó tan impresionado por aquella tentadora invitación, que su respuesta no pudo ser otra que la de aceptar de modo muy grato.

Cuando se dispusieron a salir del humilde hogar de Manuel Jabea, la dama le puntualizó que dicho té sería servido finalmente en el propio domicilio de ella.

Manuel no salía de su asombro, pero mucho más asombrado quedó, al comprobar que aquella señora de elegantes ropas y elegantes modales, residía en una zona adinerada.

Un bloque de pisos y ¡con ascensor!

Al entrar en el domicilio de esta, vio atónito un lujoso salón decorado con muebles de diseño inglés y elegantes cortinas.

De repente, Manuel Jabea se paralizó al ver el gran tesoro que albergaba aquel lujoso salón.

Eran tres seres, los cuales estaban sentados en tres confortables sillones, y respondían a los nombres de tres ilustres poetas: Guillén, Alberti y Aleixandre.

Habían quedado rendidos a la poesía de aquel joven. Poesía escrita en unas simples octavillas junto al sello del partido comunista, y que ellos habían encontrado por casualidad, tiradas por la calle.

Gracias Adolfo por compartir conmigo esta maravillosa y extraordinaria historia.

Con ella compruebo una vez más, que la obra de un autor, una vez parida, tiene su propio camino.

La literatura no censura.

A la literatura no le importan, ni las faltas de ortografía, ni cual sea tu cuna.

La literatura solo entiende de sentimientos, bondades y esencia auténtica.

A pesar de ser censurada y callada por mentes enfermas, ella, la literatura, siempre triunfa.

 

Anna Val.