El jardín. Bananas Street (III)

19 septiembre, 2020 Desactivado Por Anna Val

Aquella noche apenas pude dormir… Mi obsesión por averiguar la identidad del psicópata de gabardina negra y bufanda de lana gris, iba cobrando fuerza en la espesa oscuridad nocturna. Además, me aterrorizaba pensar cómo podría gestionar la visita de aquella estrafalaria mujer. Editora en decadencia y envuelta en su disfraz de «femme fatale», Escafandra burló a la vida y al tiempo, empeñándose en vivir permanente en una época desaparecida.

Aquella respetada y temida editora, se había convertido en una caricatura de sí misma que, olvidada ya por todos, su propia amargura la había convertido en un ser excéntrico e insoportable.

Pensar en aquellos dos personajes y a la vez, no era bueno para el bienestar de mi salud mental.

Afortunadamente, el bendito cansancio se apiadó de mí y, lentamente, fui entrando en un estado de somnolencia cada vez más profundo, pero lejos de obtener un placentero descanso, mi cerebro muy activo, empezó esbozar una serie de imágenes que se convirtieron en una horrible pesadilla.

Me vi atrapada en un luminoso y gigantesco tiovivo de caballos apocalípticos que me miraban de manera amenazante y sin parar de reír. Aquellos caballos, poco a poco, se fueron desvaneciendo en el espacio para convertirse en una espesa y densa niebla que empezó a invadirme hasta hacerme desaparecer.

 Engullida en su interior, ¡vi a dos seres de kilométricos brazos que rodeaban mí frágil cuello con el firme propósito de estrangularme! A medida que iban acercándose pude reconocer aquellos rostros fantasmales: ¡el psicópata y Escafandra!

Me desperté sudorosa y jadeante, mirando sin ver nada en mi oscura habitación.

Sentada en la cama empecé a tomar conciencia que aquello, no había sido otra cosa que una vulgar pesadilla, y que nada debía de temer.

Miré el reloj y pasaban poco más de las ocho de la mañana.

Tuve claro que, una vaporosa ducha junto a una cargada cafetera de café, me harían olvidar aquel terrorífico sueño.

Pase de puntillas por delante del espejo para no verme reflejada, pues imaginaba que mi aspecto, tal vez, fuese algo más bohemio que de costumbre. Pero no me encontraba con fuerzas para averiguarlo, por si acaso…

Disfruté, un rato largo de aquella placentera ducha y disfruté mucho más, con aquel negro café.

Me vestí, y conforme bajaba las escaleras para abrir mi estudio-taller tomé una importante decisión: averiguaría las verdaderas intenciones de aquel hombre tan perturbador.

Al rato, y a su hora habitual, el caballero del serio semblante, apareció nuevamente reflejado en el cristal del pequeño ventanal.

Me armé de valor y sin pensarlo, salí a su encuentro.

– Bonjour monsieur… Voulez-vous entrer? –le pregunté en un tono de voz ahogado.

Me miró y sin articular palabra, entrelazando sus manos detrás de la espalda, accedió a paso lento hacia el interior del estudio.

Una vez dentro empezó a dar vueltas alrededor de la pequeña exposición de cuadros. No hablaba.

De repente me miró intensamente y me preguntó:

– ¿Qué son? ¿Espectros? – aquella pregunta me reventó la cabeza -.

 ¡¿En serio?!¡¿Me estaba preguntando si yo pintaba fantasmas?! ¡¡¿Le parecían fantasmas?!!

Sonreí algo mareada y le contesté con otra pregunta:

– ¿Es usted pintor? – su respuesta fue un balazo contra mi cráneo -.

– No. Me dedico a robar vidas para escribirlas y luego publicarlas.

– ¡¡Ah!!… Comprendo… – le dije sin comprender nada y con cara de boba… -.

– ¡Tranquilícese!, soy escritor – me contestó mucho más serio y levantando la ceja izquierda -.

– ¡Oh! ¡Ah! ¡Eh! ¿Le interesa mi vida? – le pregunté entre un sentimiento de excitación e incredulidad -.

Su semblante se volvió de repente rígido.

– No, para nada. Y mucho menos después de observar su obra, la cual refleja que su vida es inenarrable… Se lo digo a modo de cumplido – me dijo haciendo un gesto con el labio superior que aparentaba ser algo así… como una sonrisa -.

Yo también sonreí, pero de amargura, a la vez que no podía parar de pestañear. Entonces fue cuando la puerta se abrió de manera abrupta, provocando que mi corazón se acelerara de manera exagerada.

– ¡¡Margot!! ¡¡Rápido, el cuadro!! ¡Vamos, que no tengo todo el día! – era Escafandra acompañada por su sexto marido -.

Un ser pequeñito de aspecto agarbanzado y con voz aflautada que seguía obedientemente las indicaciones de su esposa, dando unos pequeños saltitos.

– Sí, sí. Ahora mismo – le dije todavía en estado de shock -.

– Se lo envuelvo…

– ¡Déjate de envoltorios y de tonterías! – me lo arrancó de las manos y se lo lanzó a la cabeza de Dominicus-cus (el marido ridículo) -.

– ¡Tu regalo de cumpleaños! – le gritó mientras aquel ser minúsculo intentaba sujetar el cuadro haciendo unos forzados equilibrios acrobáticos -.

Fue entonces cuando Escafandra se fijó en aquel escritor, y encendiendo un largo cigarrillo, esbozando una torcida sonrisa, me dijo:

Meláncólica, mi ayudante, pasará más tarde a pagarte, a pesar de que no debería pagarte nada por liberarte de tan horrible pintura… – dio un giro brusco de ciento ochenta grados sobre sí misma, y ambos se miraron -.

Anónimo – le dijo ella -.

-Escafandra – le respondió él -.

Y se fue veloz, con la cabeza erguida, escoltada por Domicus-cus.

Continuará…


Anna Val.