El soterrado diario de Niní (I)

10 octubre, 2020 Desactivado Por Anna Val

Volví nuevamente a París, y aquel regreso no era nada alentador. Todo lo contrario, se preveía un retorno gris y nublado, peculiarmente caótico, pues mi editora, Rita, la mártir, me llamó por teléfono para arrojarme un envenenado ultimátum en un estado histérico y excitado. Me advertía que disponía de tres semanas para entregarle el tan ansiado manuscrito misterioso, del cual, todavía, no había visto ni un vulgar borrador. Esta vez me amenazó que, si no cumplía con dicho plazo, me eliminaría para siempre de su vida.   

Colgó el teléfono antes de que pudiera contestarle nada.

Sinceramente, tampoco habría sabido qué decirle… ya que el manuscrito en cuestión no existía y no tenía ni la más remota idea de cuándo podría ser engendrado, pues la estúpida de mi creatividad se había ido de vacaciones de repente y sin avisar.

A todo este enjambre de desdichas se le unió mi casera, a la que debía dos meses de alquiler. Sabiendo que no podría pagarle, tuvo la amabilidad de bajar mis maletas a la calle sin previo aviso.  De este modo, me ahorró la molestia de subir, para posteriormente volver a bajar.

En fin…, seguí deambulando por el distrito nueve de París, cargando con dos maletas, huérfana de creatividad y con una roída economía que lo único que me permitía era poder alquilar una habitación en algún antro perdido del cosmopolita barrio de Pigalle.

Topé con un destartalado edificio de cuatro pisos que estaba al lado de un club nocturno.

Había expuesto un letrero en el que se anunciaba que se alquilaba una buhardilla. Alcé la vista y tuve la sensación que aquella buhardilla andaba bastante mal de salud… Pero nada perdía con preguntar. Así que entré, y llamé al timbre de la portería.

Al cabo de un rato apareció una gruesa mujer de aspecto desorganizado y con un frondoso bigote en su labio superior. Con muy mala educación y molesta porque la había interrumpido en el horario de la comida, me preguntó qué quería.

– Perdone, ¿podría decirme por cuánto se alquila la buhardilla? – se limpió la nariz con los dedos antes de contestar -.

– Dos cientos euros mensuales. No hay agua ni calefacción. La electricidad suele fallar y hay pocos muebles. Además, está sin reformar. El pago por adelantado. ¡Ah!, el ascensor no funciona – aquella mujer, ¡parecía un telegrama de malas noticias! –

– Humm…, está bien… – dije. ¡Pero no, no estaba bien¡¡Estaba todo muy mal! ¡Fatal!! –

Entonces, alargó la mano para que depositara en ella el pago por arrendar aquel cuchitril y subimos aquella escalera de inestables y ruidosos peldaños que conducían a mi nuevo hogar.

Sacó la llave y abrió la puerta y, sin darme tiempo a reaccionar ante el panorama tan abstracto de aquel habitáculo, aquella mujer se santiguó, cerró la puerta y se marchó.

Continuará…


Anna Val.