El soterrado diario de Niní (IV)

30 octubre, 2020 Desactivado Por Anna Val

La presencia de aquella mujer mayor provocó que mis emociones se agitaran alborotadas en mi interior. Sintiendo, sin poder evitarlo, una gran ternura por aquella dama de avanzada edad que, con rapidez, advirtió lo que yo escondía entre mis manos.

– ¡Oh!… ¡Niní, mi querida Niní!… – a modo de exclamación vació su alma con aquella dolorosa oración mientras que por los pliegues de sus sonrosadas mejillas se deslizaban, tímidamente, unas débiles lágrimas que brotaban de aquellos cansados ojos. También ellas lloraban de dolor… –

Entonces alzó su fatigada mirada y, acariciando mi rostro, me preguntó dónde había hallado aquella pintura. Gesticulando con mi mano le indiqué el lugar.

Sus piernas temblorosas por la emoción hacían tambalear aquel frágil cuerpo, y pensé que sería mucho mejor acomodar a mi invitada. Recorrí con mi mirada aquel lúgubre salón en busca de un asiento, localizando en una esquina una anticuada y caduca silla de madera en la que, con mucha delicadeza, ayudé a la apesadumbrada anciana a sentarse. Recé, también, para que aquel mueble de cuatro patas no se desencajara y aguantara, por un rato, el débil peso de aquella mujer…

Lentamente su semblante fue adquiriendo una expresión serena, permitiendo que su mente evocara aquellos recuerdos soterrados en su memoria, liberándolos, dejando que afloraran para transformarlos en un sorprendente relato que atrapó toda mi atención.

«En el artístico, bohemio y glorioso París de los años cincuenta fui contratada como bailarina en el emblemático «Moulin Rouge» para protagonizar un exitoso Musichall.

 Vivía aquí, en este mismo edificio ocupado por conocidos intelectuales y destacados artistas de aquellos añorados años. Y aquí fue donde conocí a Niní.

Una extravagante y adinerada mujer amante del arte que, además, fue una talentosa escritora y generosa mecenas. Las veladas que ofrecía en esta misma buhardilla eran un reclamo en toda la sociedad intelectual de la época. Admirada y odiada a la vez, sus excesos y su excéntrica vida originaron que desarrollara una especie de locura involuntaria, llevándola a protagonizar hasta los últimos días de su vida a su pesar, y a pesar de los demás, una irritante cadena de angustiosos y dolorosos despropósitos obsesivos. A pesar de todo yo siempre me mantuve a su lado. Mi amistad fue incondicional y mi gratitud infinita, pues, gracias a su bondad, yo pude vivir con dignidad cuando mis bellas y admiradas piernas un día se negaron a bailar…

Una desdichada mañana, Niní, víctima de una de sus habituales obsesiones, vino a mi apartamento en un estado más excitado de lo habitual. Sobresaltada me contó que Bernadette, la anterior portera que además se encargaba de las tareas doméstica de Niní, era en realidad una espía contratada por una importante agente editorial con el fin de robarle su obra literaria.

Yo, que ya estaba acostumbrada a ese tipo de afirmaciones, intenté calmarla y disuadirle de aquella idea. Pero lejos de conseguir mi propósito la cosa fue empeorando de mala manera… Su intención era acorralar a Bernadette para someterla a un intenso interrogatorio hasta hacerla confesar.

A toda velocidad salió del apartamento para ubicarse dentro del ascensor y descender las cuatro plantas que la conducirían hasta su objetivo final. Pero debido a su enajenado estado emocional no se percató que la rejilla de seguridad del ascensor estaba rota, y al disponerse a ocupar su interior, ¡Niní cayó al vacío sin poderlo remediar!… ¡Su cuerpo yacía extendido en el fondo del hueco de un ascensor! Niní murió…».

Continuará…


Anna Val.