El soterrado diario de Niní (VIII)

27 noviembre, 2020 Desactivado Por Anna Val

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«Con mi rígido cuerpo allí sentada, frente aquel monigote parlante, crecía dentro de mí una espesa y ambigua niebla de desesperación. Planeando, además, encima de mi cabeza, una pesada y espesa nube negra que consumía mi energía de manera rápida como si de un gigantesco tornado se tratara. Aquella angustia estrangulaba de manera salvaje mi débil corazón, al comprobar que aquello no se acababa nunca. Pero afortunadamente, y de manera inesperada, algo captó mi atención, dándome cuenta, que, aquel enanito feliz y berlinés, tenía una peculiar frente. Su apariencia era la de una enorme fachada esculpida en su pequeñito cráneo.

Concentré con fuerza todos mis sentidos en aquella plana superficie en la que se visibilizaban tímidamente dos extraños intrusos. Apretando mi mirada y orientando mi campo de visión hacía aquellos dos bultitos, un sonoro « ¡¿Me comprende, Niní?!», interrumpió abruptamente mi exploración ocular.

Sobresaltada, mis piernas realizaron un extraño e inesperado movimiento provocando un agudo y doloroso chillido por parte de aquel raro autor: -¡¡Ay!!

– ¡¿Qué ocurre?! ¿Le duele su literatura? ¡Acostúmbrese, Sisiescu, la literatura puede resultar cruel! -le dije muy airada.

Pero su respuesta me enojó mucho más:

-No, no… Ha clavado su tacón de aguja en mi pantorrilla…

-¡¡Ñoñerías!! ¡Prosiga, Liliescu, y no interrumpa más!

Volví nuevamente a cerrar mi canal auditivo con el ánimo de seguir con mi particular inspección visual sobre aquella lisa superficie y, averiguar, de una vez por todas, quienes eran aquellas dos figurillas que habitaban tan cómodamente sobre aquella inmensa frente cuando… ¡¡Oh mon Dieu!!, rápidamente capté la imagen de un enorme grano seboso y una hinchada verruga ¡mirándome fijamente!

El inesperado hallazgo originó que propinara un sonoro comentario: -¡¡Que gordos son!!

Aquello produjo una irracional discusión con mi interlocutor, el extraño autor. Pues pensó que dicha critica estaba relacionada con su inacabable narración, sin sospechar que yo no había oído ni una palabra de aquel largo monologo iniciado desde hacía un buen rato y, creyendo él todo lo contrario, me dijo apesadumbrado: – ¡Oh!… Entonces, ¿usted cree que mis protagonistas son gordos?…   

-¡¡Qué adelgacen!! –le ordené para que siguiera ocupado y no me distrajera más.

Su cara empezó a enrojecer, causando que aquellos dos, cobraran una vida exagerada…».

Continuará…


Anna Val.