Ese gran asesino llamado tiempo (IV)

5 junio, 2020 Desactivado Por Anna Val

 

Para evitar que aquella mujer quedara ahogada en su propia ira, Victor Miler reaccionó de inmediato zarandeándola con unos violentos movimientos. Aquella situación, espantó a la anciana momificada y, presa del pánico, se dirigió hacia mí con unos sonoros y angustiosos gritos:

– ¡¡En el mismo instante en que la vi, deduje que no andaba usted muy bien de la cabeza!! – Aquella violenta protesta, agotó a la anciana de tal manera que cayó desplomada en su asiento -.

– ¡¡Señoras, por favor!! ¡¡Intenten mantener la calma!! – gritó, Victor Miler ante aquella situación tan descontrolada -. A la vez, seguía reanimando a la altiva y fría mujer, que más que una mujer, parecía una muñeca de trapo en manos de aquel hombre.

Pasados unos minutos, el centrifugado emocional originado por aquella situación, empezó a entrar en pausa, recobrando el oxígeno necesario para que él dijera:

– Nos queda mucho viaje por recorrer… y lo más sensato, sería intentar tener una convivencia civilizada… ¡Les propongo que nos presentemos! – Aquel hombre tenía una obsesión enfermiza por ser aceptado -. Pero, afortunadamente, reaccioné con rapidez. Y sin desviar mi mirada de la opaca ventana, exclamé:

– ¡No pienso presentarme! ¡¡No me da la gana!! Espero y deseo que su conversación no contamine demasiado este reducido espacio. ¡Mi salud mental no lo soportaría! – Aquel razonamiento, más que justificado, volvió a alterar a la altiva y fría mujer con apariencia de cacatúa -.

– ¡¡Está usted loca, totalmente loca!! – La cólera que sentía por mí, la iba introduciendo cada vez más en un estado límite de alteración y, a pesar de ello, a mí, dicha situación, empezaba a divertirme… Me divertía tanto, que seguí retorciendo mi retorcida actitud…. –

– Lo se… – le dije con una seductora sonrisa. – Soy una loca irresistiblemente encantadora… -añadí, y mirándola fijamente juntando de manera delicada mis sonrosadas mejillas con mis atractivos hombros, le lancé un suave beso. Aquel gesto la desesperó mucho más. Entonces, la anciana momificada cogió sus trémulas manos y mirándola de forma compasiva, le dijo:

– No le responda, querida… ¡ignórela, ignórela…! En estos casos… es lo mejor.

Me presentaré: me llamo Amelie Loren, e insisto, ¡no caigan en la provocación de esta loca y desquiciante mujer!

– Ansioso por ser acariciado también, intervino Victor Miler:

– Me parece lo más sensato – compasivas le miraron y le dedicaron una educada respuesta, era de esperar…-

– Gracias, señor Miler

Resuelta la situación, me convirtieron en el pasajero invisible.

No me molestaba, al contrario, lo agradecí profundamente. Pues sin ellos pretenderlo, no alteraron para nada mi habitual estado de vida: «la invisibilidad». Un regalo inesperado que esta me ofreció.

Envuelta en mi aparente silencio y aislada de aquella empalagosa conversación, la cacatúa también se presentó:

Madelene Dumón… encantada de conocerles… – musitó -.

Cerré nuevamente los ojos y mi mente entró en un éxtasis profundo al recordar aquel tiempo de vida que yo pasé en aquella casa ubicada en Corset.

Aquella casa con nombre propio: «Mallart».

El placer del tiempo… Pero aquel recuerdo placentero fue abruptamente interrumpido por un codazo que me propinó él: Victor Miler.

– ¡Su billete, madame! ¡El revisor! Debe entregarle el billete – aquel hombre cacareaba de manera insistente y ello producía que su semblante fuera mucho más ridículo…-

Miré con desagrado al uniformado revisor, entregándole mi billete de tren para que fuese perforado por aquel utensilio metálico que llevaba entre sus manos. Aquella perforación me devolvía la libertad… ¡Mallart!

Volví mi cabeza en dirección a Victor Miler dedicándole una asesina mirada. Y, además, le advertí:

– ¡¡No vuelva a molestarme!! ¡¡Déjeme en paz!! – miré a las esperpénticas mujeres y añadí:

– Si nos les importa, me gustaría volver a mi estado natural… ¡¡la invisibilidad!!

– ¡¡Ignórela señor Miler!! ¡Ya se ve que es una pobre amargada! Su amargura le ha hecho enloquecer –dijo entre llantos Madelene Dumón. Que, con aquellas palabras regadas por unas falsas lágrimas, corrió al consuelo de un muerto en vida: Victor Miler. Esa era la realidad de aquel hombre sin identidad ni esencia. Actor de su propia irrealidad…

– ¡¡Qué desaparezca!! –Gritó Amelie Loren.

Y sin poder reaccionar, de repente, me vi engullida por aquellos tres seres. Los cuales, haciendo gala de una brutal violencia empezaron a golpearme, lanzándome al exterior de la ventana y cayendo al profundo y oscuro vacío.

Aquel grito paró el tiempo en mi reloj. Matando mi propio presente y devolviéndome con una gran perforación a un pasado cansado… Y una vez más, ¡vuelta a empezar…! Mallart, nuevamente debía esperar…

FIN.


Anna Val.