Minonas Black

18 febrero, 2019 Desactivado Por Anna Val

Mi creatividad estaba en crisis desde hacía unos días. Y lejos de mejorar dicho estado, la cosa empezaba a empeorar, mucho más.

Cuando este estado incierto te invade, lo mejor es desaparecer.

Yo, siempre desaparezco rumbo a la costa. Siempre me oculto detrás del mar.

En estos días de invierno, mi refugio del Ampurdán, sólo es visitado por el sol, la tramontana, algún bohemio y yo. Algo que verdaderamente es de agradecer.

Sin más, inicié aquel viaje. Y en pocas horas, me encontraba envuelta del resplandeciente y ventoso paisaje marino.

Entré en mi polvoriento y desordenado estudio, para dejar el poco equipaje que llevaba. Unos folios en blanco y una pluma de tinta china.

Percibí en aquellos instantes que la luz del día menguaba. Aquello, era indicativo de que el atardecer realizaba su entrada.

Me senté un rato en la pequeña terraza, para visualizar el espectáculo de luces que aquel paisaje me ofrecía.

En poco tiempo, dicho atardecer, fue engullido por el anochecer. Y fue entonces, cuando decidí dar un paseo.

Salí a caminar por los alrededores de la playa, llamándome poderosamente la atención una pequeña casita de pescadores. Jamás la había visto, pero daba la sensación que llevaba allí mucho tiempo.

Al otro lado del acantilado, se encontraban un pequeño conjunto de casitas blancas. A ellas, sí las recordaba.

Me senté algo escondida entre sus paredes, y de repente unos leves maullidos, irrumpieron en aquella serena y silenciosa noche.

Miré a mi alrededor de forma despreocupada, pero no vi nada.

Aquellos leves maullidos, dejaron de ser «leves» para convertirse en estridentes ruidos gatunos.

Volví a mirar a mi alrededor con la preocupación oportuna del momento.

Desconcertada, observé que había un grupo de gatos delante de la puerta de la misteriosa casita de pescadores. Y antes de que pudiera reaccionar, la puerta se abrió saliendo de ella un estrafalario personaje.

Un hombre de apariencia redondeada, que cubría su cuerpo desnudo con un batín de raso, color rojo. Además, calzaba un par de zapatillas de charol. Y en su compleja cabeza, portaba una redecilla negra.

Los gatos al verle, empezaron a dar saltos de alegría, entre tiernos e intensos arrumacos.

Entonces, aquel ser empezó a caminar rumbo a la playa, mientras susurraba en un tono afeminado: «Minonas… Minonas…».

Los gatos en un estado de éxtasis, empezaron a seguirle. Y justo en aquel momento, sonó de forma muy acústica, un reloj de cuco; «¡Cucú, cucú, cucú!». Por si esto no fuese suficiente, apareció en escena un anciano, muy anciano, de largo pelo blanco y barba canosa. El cual, al ver aquel grupo de gatos, empezó a dar brincos mientras gritaba; «¡¡Putas!! ¡¡Putas!! ¡¡Putas!!».

Los gatos espantados, empezaron a correr y el hombre redondo, también.

Cuando me repuse de aquella estrafalaria escena, regresé a mi estudio totalmente agotada.

Más tarde, supe que aquella peculiar casita de pescadores, se llamaba; «Minonas Black». Y una noche más, abrió su puerta de manera puntual. Como siempre, a la hora del «Cuco».

 

Anna Val.