Port Lligat, Dalí y yo…

29 agosto, 2019 Desactivado Por Anna Val

Mi mente calmada se vio seriamente alterada cuando, una mañana de soleada brisa dorada, el viejo reloj de cuco de mi habitación, ¡empezó a enloquecer!

Aquello provocó que mis ojos se dilataran de manera exagerada y, entonces fue, cuando advertí que aquel loco y siniestro pajarillo escondía en el interior de su diminuto pico un telegrama. El cual, dejó caer sobre la cama.

Ansiosa lo abrí, y con grata sorpresa advertí que era de mi amigo, ¡Salvador Dalí!

Reduje mis pupilas a su estado natural para poder leer aquel inesperado mensaje: «¡Charlotte ven, corre! Stop. ¡Hoy cazaremos moscas! Stop. ¡No tardes! Stop. Dalí».

Di un brinco acrobático y magistral, y salí volando por la ventana. Sobrevolé la pequeña localidad pesquera de Port Lligat para finalmente, aterrizar suave y delicadamente en el interior de la amplia y blanca terraza de la casa de Salvador. Él, al verme, gritó: «¡¡Charlotte!!».

Vestía el maestro una larga, amplia y brillante túnica que cubría su largo y flaco cuerpo.

Alrededor de su poderosa cabeza, reposaba una colorida corona de flores silvestres. Y sus largos bigotes, se enredaron entre mi cuerpo para regalarme un apasionado y cálido abrazo. Empezamos a danzar entre los cráneos de elefante que ordenadamente expuestos, adornaban el lugar.

Con los brazos alzados, sujetábamos entre nuestras manos, sendas plumas de gaviota untadas en miel para que las negras y diminutas moscas, acudieran complacidas para saciarse de tan dulce manjar. E inesperadamente, y como si de una poderosa explosión volcánica se tratara, emergió del mar una gran ventana. Allí, postrada feliz y sonriente, ¡nos saludaba Gala! Mientras las algodonadas olas marinas, nos envolvían con los «valses poéticos» del magistral compositor; Enrique Granados.  Al que un día este océano, a veces caprichoso, a veces cruel, quiso guardarlo para siempre con él.

También el cielo se contagió del éxtasis terrenal, pariendo una gran tormenta de coles. ¡Coles verdes! Y enmarcados en aquel bello lugar, éramos observados con nostálgica complacencia por los viejos pescadores de Port Lligat.

Tiempos dormidos, tiempos perdidos. Brillante vida bohemia, brillante vida perdida…

 

Anna Val.