Seiche La Mollusca (II)

22 enero, 2021 Desactivado Por Anna Val

Apenas eran las siete de la mañana, demasiado temprano para tanto sobresalto. Lo más sensato sería mantener la mente ocupada por un buen rato organizando de manera ordenada mi jornada matutina. Encendí el ordenador albergando la esperanza de hallar en su interior un email por parte de la productora en el que me comunicaran que habían encontrado un fotógrafo sustituto para el malogrado Laurent. Pero como era de esperar, mis deseos jamás se cumplen, todo lo contrario, se retuercen de manera complicada para acabar desapareciendo en un limbo oscuro y amargo.

Recibí dos emails: uno lo remitía la dirección de realización en el que me avisaban que, ante la imposibilidad de encontrar un nuevo fotógrafo para efectuar el trabajo gráfico de mi nuevo reportaje, habían decidido que fuese yo misma quien se ocupara de dicho tema.  El segundo email era una carta perturbadora que me dejó muda por un largo rato…

 

 

«Apreciada Annette.

Espero sepas disculparme por todos estos años de aparente silencio. Lamentablemente, y muy a mi pesar como ya sabrás, la literatura me tiene esclavizado desde hace demasiado tiempo.

Sufro ese temido mal que a todo escritor le espanta… ¡se me secaron las ideas para terminar mi nuevo libro! Mi mente parece haber reventado después de tantos años escribiendo historias inventadas y, por si eso no fuese suficiente, también las palabras han desaparecido con el firme propósito de no volver jamás. Además, mis personajes han emprendido una huida vengativa y burlesca hacía un lugar desconocido e inhóspito cuya exploración es completamente nula. El paso del tiempo me ha convertido en un alma envejecida, obligándome a deambular constantemente de un lugar a otro sin ningún propósito explícito, carente de todo… Como podrás advertir no soy nada optimista con respecto a mí mismo.

Pero afortunadamente, la insoportable nostalgia me ha desviado hacía una nueva dirección:  reencontrarme nuevamente con todos los que fuimos, hace mucho tiempo, muy felices. Es irónico y cruel admitir lo imbéciles que éramos cuando la felicidad habitaba en nuestras vidas y la ignorábamos por completo. Me gustaría recuperar el largo, pero a la vez corto verano que pasamos todos juntos en la isla griega de Rodas, cuando no teníamos nada y lo teníamos todo. Recuerdo aquellos abrasadores e intensos días que, con nuestros cuerpos desnudos y nuestros corazones ardientes, ubicados entre las rocas y el mar, proyectábamos estúpidos sueños, los cuales, lamentablemente, la vida, tal vez por venganza, nos los otorgó a cambio de nuestra libertad.

Por ello, he dejado la ciudad de Barcelona para instalarme nuevamente, y por un periodo indeterminado de tiempo, aquí, en París.

Ayer por la tarde visité a nuestro querido amigo Fulbert Teló.  Volver al barrio de «Marais» y transitar por sus calles me llenó, por un instante, de esa extraña energía adictiva por la vida.

Debo decirte que mi reencuentro con Teló me dejó muy preocupado, pues al contrario de lo que a mí me ocurre, él sufre de un desquiciante exceso de creatividad. 

Me confesó que se encontraba muy estresado y que el placer por pintar que antaño sentía se había diluido, convirtiéndose en un agotador y rutinario ejercicio mecánico. Algo que pude constatar al comprobar que las paredes de su estudio se encontraban totalmente empapeladas por unas extrañas pinturas que, debido a mi obtusa visión por el arte, me parecieron unos raros esqueletos de algo… Luego me explicó que se trataban de sepias en todas sus variantes…  Me pareció terrible…

Aclarado aquel torpe error de interpretación empezamos a brindar por todo y, entre brindis y brindis, adquirimos un estado de euforia en el que surgió una refrescante idea: organizar una exposición con todos aquellos murales. Decidimos que yo escribiría el texto de un catálogo ilustrado sobre su obra expuesta, algo que me ilusiona muchísimo, pues sería una manera de escapar de mi triste realidad y acordamos, por unanimidad, que tú te encargarías de organizar dicho evento que se prevé algo arriesgado…

Ambos esperamos y deseamos que te entusiasme este nuevo proyecto tanto como a nosotros, pues de alguna manera, sería como recuperar el viejo espíritu de aquel lejano verano de 1984.

Por cierto, sigo todos tus reportajes.

Claudia te manda saludos. Finalmente nos casamos.

Desde lo más profundo de los mares griegos, siempre tuyo, Emeric Latás.».

Continuará…


Anna Val.