Seiche La Mollusca (XIII)

9 abril, 2021 Desactivado Por Anna Val

Algo mareada y con un punzante dolor de cabeza, todos se apresuraron a acomodarme en una silla mientras Clohe Chaput me ofrecía un vaso de agua lamentando aquel incidente.

– ¡¡Oh!! ¡Cuánto lo siento! ¿Se encuentra mejor? –asentí, esbozando una mueca tranquilizadora.

-Quizás le apetezca asearse. Venga, acompáñeme –me dijo con mucha amabilidad.

No lo dudé ni un segundo y acepté su ofrecimiento con entusiasmo, pues tenía verdadera necesidad de refrescarme y ponerme un poco presentable para empezar, lo antes posible, con aquel reportaje gastronómico que parecía resistirse y, que yo, de ninguna manera iba a renunciar a él.

Clohe me condujo a un pequeño aseo que se escondía detrás de una jácena de noble madera que presidia, con gran autoridad, la única estancia de aquella bella casa cuando, extrañada, percibió mi cojera involuntaria y, utilizando el mismo tono que emplearía una madre preocupada, me preguntó si la pierna me dolía.

 

– ¡Ah!, no. Es mi bota… ¡Se le lesionó el tacón!  -le respondí en un tono jocoso para restarle importancia a dicho hecho.

– ¡Caramba! No se preocupe, Belmont se lo arreglará – maravillada, le entregué mi lisiado calzado para que fuera reparado y se marchó para que yo tuviera un poco de intimidad.

Me miré al espejo contemplándome un rato largo, reflejándose en él, lo que comenzaba a brotar en mí rostro; una extraña mezcla de llanto y risotada amarga mientras me alborotaba el pelo y esparcía agua sobre mi cara deshaciendo una fina lluvia de resbaladizas lágrimas que mis ojos escupían. En aquel momento, se me pasó por la cabeza que, seguramente, ya había llegado al final de una etapa en mi vida. La motivación por aquel trabajo iba adentrándose lentamente y de manera peligrosa en una oscura calígine que la engullía violentamente, y yo ya no tenía fuerzas para rescatarla. Un ahogado pensamiento me golpeaba con nervio al imaginar que, lo más probable, este sería mi último reportaje. Entonces la angustia que sentía en mis entrañas salió como un animal furioso, zarandeándome hasta conseguir doblegar mis piernas, obligándome a deslizar mi espalda por la embaldosada pared de cerámica. Abatida, me sentí derrumbada, sentándome en el suelo sin saber qué giro tomar. Había perdido el timón y el barco naufragaba…

Encontrándome en aquel estado perturbador y lleno de incertidumbre no podía dejar de pensar en lo mucho que añoraba a Emeric e incomprensiblemente, también extrañaba a Fulbert.   Aislada en aquel baño, sintiéndome prisionera por aquel angustioso tormento, tomaba conciencia plena de lo que Emeric quiso transmitirme en realidad… ¡Debíamos volver al origen de todo para iniciar un nuevo camino! E incorporándome, un tanto dolorida, pateando con rabia aquella bruma delirante, oí la voz de Dave, al otro lado del abismo, preguntándome si todo estaba bien, interrumpiendo aquel delirio apocalíptico que quería destruirme como en aquella pesadilla que tuve la noche anterior en mi casa de París.

Con los ojos vidriosos abrí con cierto recelo la puerta que nos separaba para balbucearle, tímidamente, que sí, que todo estaba en orden. Él me miró con afecto acariciando mi rostro con delicada ternura, protegiéndome bajo el cobijo de aquellas palabras para que no me dañara más. «Sea lo que sea, se solucionará… Confía».

Asentí con la cabeza mostrándole una débil sonrisa cuando me sorprendió, entregándome mi lastimada bota, perfectamente restaurada de forma milagrosa.

Continuará…


Anna Val.