Seiche La Mollusca (XVI)

30 abril, 2021 Desactivado Por Anna Val

Rabiaba por saber qué quiso decir con aquello de «las tablillas de los destinos» y, a pesar de intentar con todas mis fuerzas vocear para captar su atención, mis cuerdas vocales se tornaron tensas como fríos alambres, observando, con impotente resignación, como su silueta se desvanecía en una masa gris de cruel oquedad surgida de la nada y sonreí al pensar que Dave me había regalado aquellas palabras para decirme en realidad, que no le olvidara.

Pero la vida continúa, y aquel tren que yo estaba esperando, entró rugiendo en la estación deslizándose con fuerza sobre los afilados e inquebrantables raíles de acero, provocando un eco envenenado. No lo dudé y arrastré mis piernas hacia el interior de aquella máquina con la imperiosa necesidad de sentarme.

Acomodada y con la tranquilidad de saber que París no tardaría en aparecer en mi horizonte, mis cansadas neuronas decidieron hacer una pausa, quedándome dormida en un estado de desaparición forzosa de conciencia en el que me acompañaron extraños y confusos sueños.

 

Pasaron las invisibles horas cuando me sobresaltaron los golpetazos de un ser, grotesco y mal educado, que, sin ningún tipo de respeto, empezó a rebuznar ruidosas palabras advirtiéndome al igual que lo haría un chulo de barrio, que desalojara el lugar advirtiéndome, que ya habíamos llegado

Me levanté desorientada, dedicándole una mirada de desprecio saliendo rápido de allí. Afortunadamente, una reanimadora bocanada de aire fresco parisino me dio la bienvenida, inyectándome la fuerza anímica necesaria para impulsar mis pasos hacia mi domicilio en el que me refugiaría por unas horas.

Al llegar, mi prioridad fue encender el ordenador y escribir con presura mi artículo, remitiéndolo a la productora junto al material gráfico, acompañándolo todo de una breve carta en la que les manifestaba que este sería, mi último reportaje y, en consecuencia, deberían prescindir de mis servicios. Sin más explicaciones.  

Me sentí liberada, no sabía exactamente de qué, pero un motivador bienestar me impulsó hacia un nuevo camino creativo, que desembocó, como ya estaba previsto, en la organización de la que sería, la nueva exposición artística de la obra de Fulbert Teló.

Los meses venideros se tradujeron en un vertiginoso y frenético trabajo junto con una agotadora e intensa batalla para poder esquivar los miedos y las inseguridades de Fulbert, pues, debido a su falta de objetividad a la hora de decidir qué cuadros deberían exponerse, hacía peligrar que la exposición llegara a buen puerto, obligándola a naufragar antes de empezar. Por lo tanto, tomé el control de todo e ignorándole por completo seleccioné aquellos lienzos a dedo, sin más criterio, ya que para mí eran simples «sepias» y me parecían todas iguales. Mientras, en un discreto segundo plano, Emeric permanecía concentrado escribiendo el texto que acompañaría al catálogo ilustrado.  

Otro episodio que generó una alocada discusión fue escoger el título que custodiaría dicha exposición, pero tenía claro que solo podía ser bautizada con un único nombre: «Seiche La Mollusca», en honor a mi última aventura. Lo que sí resolvimos con éxito y por unanimidad, fue el lugar escogido para exhibir aquella obra pictórica: la nave medio derruida que Fulbert utilizaba a modo de almacén en las afueras de París.

El día de la inauguración fue una jornada memorable. Tuvo una acogida brutal, tanto de público y prensa y, gracias a aquel ruido mediático y a la buena crítica recibida, Fulbert viajó a Nueva York contratado por una prestigiosa galería de arte. Emeric decidió quedarse en París unos meses para escribir un inspirador libro acerca de mí, creo. Y yo, agotada de todo e incluso de mí misma, viajé a Rodas para pasar un tiempo sabático sin fecha de caducidad.

Pasaba los días recorriendo los rocosos acantilados de la isla bajo la atenta mirada del Monte Attavyros, sumergiéndome de vez en cuando en las refrescantes aguas que el mar tan generosamente me ofrecía para calmar mis bulliciosos pensamientos. Y, a ratos, me codeaba con los rudos marineros compartiendo charlas y largos tragos de ouzo.

Una de aquellas noches de jarana, de vuelta a casa, quedé hechizada por el brillo de la luna que se alzaba esplendorosa como una diosa. Mientras la contemplaba ella se desnudó, arrojando al mar la anaranjada túnica que la cubría, construyendo sobre las mansas aguas un sólido camino de luz. Sorprendentemente, de su interior salió una gran bola de fuego que, alzando el vuelo, se transformaría en un temible pájaro mitológico, atrapándome, sin poder defenderme, entre sus alas para transportarme a un lejano lugar en el que me sería revelado un poderoso secreto.

Desaparecí… 

FIN


Anna Val.